Imágenes de la Historia
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Por: Francisco Martín Moreno
¿Quién apagó la luz en el gobierno federal, en el Congreso de la Unión, en los partidos políticos y también en las entidades federativas? ¿Quién? Nadie encuentra el tablero de mandos ni se identifica por ningún lado a los pilotos. El país va al garete, extraviado, siguiendo una perturbadora ruta de colisión. Los operadores, la mayoría de ellos descalificados e improvisados, chocan los unos contra los otros en la absoluta oscuridad, culpándose anticipadamente del desastre que viene. A pesar del rumbo suicida que ha tomado la nación, ignorando irresponsablemente el margen de maniobra con el que todavía se cuenta, aún así, en lugar de escucharse voces angustiosas de alarma, se oye, en cambio, un intenso intercambio de golpes, seguido de epítetos altisonantes en la lucha por hacerse a cualquier precio del timón. Muy pocos se localizan en sus puestos y quienes se encuentran al frente de ellos desconocen el manejo profesional del aparato político. Las brújulas se perdieron al caer por la borda de buen tiempo atrás. Ningún miembro de la tripulación domina los instrumentos de navegación ni logra someter a los demás con un conocimiento superior. Ninguna voz vale. La autoridad y el liderazgo son inexistentes.
Todos quieren imponer sus puntos de vista en función de sus propios intereses personales, por lo general inconfesables. Los desplantes furiosos se suceden los unos a los otros, al igual que las recriminaciones y las amenazas. Los expertos parecen haber sido los primeros en ser barridos de la proa. La ignorancia dirige las operaciones entre carcajadas de horror. No hay quien reconozca sus limitaciones. En lugar de palabras se dan los empujones. En lugar de argumentos se dan los insultos. En lugar de las negociaciones para evitar el naufragio se dan los arrebatos, la expresión de las ambiciones más descastadas. La política ha fracasado junto con la exposición de razones. Las perspectivas han desaparecido del horizonte.
El presidente, supuestamente el capitán, perdido en el griterío, manda, a modo de solución, un proyecto de ruta tortuoso que, lejos de conducir la nave a buen puerto, sólo complicará la ya, de suyo, difícil situación. En plena tormenta, en lugar de arriar las velas para oponer menos resistencia al viento, ordena que aquellas se desplieguen sin percatarse que puede provocar un percance catastrófico. ¿Por qué imponer gravámenes en plena crisis económica para complicar aún más la precaria posición de los desposeídos, en lugar de aligerar el bajel arrojando al mar la pesada carga que amenaza las posibilidades de flotación? Es decir, ¿por qué no cancelar los subsidios, como los de la gasolina, entre otros más, contraer violentamente el dispendio público, con tal de no aumentar las cargas tributarias? Nadie se sacrifica. Ahoguémonos juntos. Muera la inteligencia. Viva la muerte. El “Jefe” dice que las empresas poderosas “rara vez pagan su impuestos en forma correcta.” ¿Sabrá el dicho “Jefe” que existe un equipo de mecánicos auditores federales que supuestamente están capacitados para evitar fraudes fiscales? ¿Por qué no audita a fondo a los gigantes que no pagan? ¿Por miedo a enfrentar otros poderosos intereses creados? ¡Que lea a Franklin Delano Roosevelt y aprenda a ser valiente! Franklin, ¿qué…?
¿Quién apagó la luz? ¿Por qué no encenderla para diseñar una estrategia económica de largo plazo? ¿No hay quien la diseñe? ¿Ya se murieron los grandes economistas mexicanos? ¿Ya no hay estrategas? ¿Y el PRI que pretende gobernar otra vez en el 2012 sólo sabe parchar y enmendar hasta agotar la paciencia ciudadana? ¿Cuánto falta para que ésta se agote? ¿Cuánto falta para que el pueblo enfurecido vuelva a entrar con lujo de violencia en el Congreso de la Unión para echar a patadas a esos presupuestívoros que piensan en todo menos en sus representados? Todo parece indicar que en el 2012, afortunadamente el PAN se irá de los Pinos, para que desafortunadamente vuelva el PRI dentro de 3 años…
El susto que nos llevaremos cuando finalmente prendan la luz en el Poder Ejecutivo Federal y en el Congreso de la Unión, sólo para descubrir rostros desconocidos que ignoran los principios elementales de operación del aparato político cuando nos encontramos al borde de una gigantesca catarata…
Al analizar el origen del desastre debemos preguntarnos, ¿dónde acaba la culpa de los gobernantes y empieza la de los gobernados? ¿O existen las culpas absolutas…?
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Por: Francisco Martín Moreno
Si usted está del lado del sindicato de Luz y Fuerza, desde luego, que no está con la dolorida clase trabajadora mexicana ni está a favor de la democratización sindical del país. La inmensa mayoría de nuestro sector obrero no goza, ni mucho menos, de los privilegios que disfrutan los empleados del LyF, quienes los disfrutan no como consecuencia de un trabajo acreedor del respeto y la confianza ciudadana, sino como el resultado de arreglos políticos inconfesables durante las 7 macabras décadas de “dictadura perfecta”, durante las cuales el PRI logró mantenerse en el poder, entre otras razones, gracias a la creación de sindicatos espurios con los que se aplastaba la menor simiente de libertad y de democracia, al estilo más decantado del callismo autoritario y venal, la fuente de inspiración del priísmo de todos los tiempos. ¡Quién apoye a LyF, sólo puede hacerlo movido por intereses inconfesables ajenos al más elemental sentimiento patriótico y lógica económica!
Estar de acuerdo con LyF es tanto como apoyar la tiranía sindical que facilitó el surgimiento de líderes corruptos y podridos, que lucraban a placer con las cuotas de sus agremiados, sin que jamás rindieran cuentas a nadie del destino de dichos recursos. Apoyar a los sindicatos oficiales, es apoyar a una cáfila de bandidos que jamás pagó impuestos, al México impune, al burlado y engañado que nunca se vió representado legítimamente; al México traicionado y estafado que algún día quisiera modernizarse en contexto del siglo veinte; un México nuevo y democrático, con ejemplares instituciones de vanguardia.
Estar de acuerdo con LyF no sólo implica favorecer la corrupción de la que tanto se queja casi, casi, toda la ciudadanía, sino que hacerlo equivale a resignarse a pagar el altísimo precio de la ineficiencia en la que, por absurda disposición constitucional, no pueden participar diversos proveedores, en libre competencia, para abaratarla. LyF no sólo da un pésimo servicio, sino que sus costos de producción son aberrantes, por lo que el gobierno federal ha tenido que subsidiarla con 360 mil millones de pesos a lo largo de su historia, porque obviamente la empresa no puede valerse por sí misma, sin recurrir al ahorro de todos los mexicanos que, a diario, comprueban cómo los recursos publicos van a dar a manos de un grupo privilegiado de trabajadores que no cumplen con su tarea, en lugar de destinar dichos recursos, por ejemplo, al financiamiento de las universidades del país, a la educacion superior, otra de las grandes catástrofes nacionales. Si el presupuesto de la UNAM es de casi 50 mil millones de pesos, ¿por qué no ayudarla, entre otros ejemplos, a nuestra máxima casa de estudios con los 42 mil millones de pesos que vale el subsidio anual de una empresa caótica e ineficiente que, al no poder otorgar un servicio oportuno y profesional a los consumidores industriales, éstos han tenido que emigrar de la zona centro del país para llevar a cabo sus inversiones en regiones, donde se garantice el abasto en términos menos costosos y no asi más competitivos, según puede demostrarse con los precios internacionales vigentes? El costo de la energía se desplomaría si hubiera 20 proveedores del fluído y el país no viviera secuestrado por un sindicato eléctrico que nos resta posibilidades de éxito comercial en el exterior.
Si usted está de acuerdo con el sindicato de LyF, también lo estará con pagar tarifas disparadas de la realidad y con el hecho aberrante de que el 40% de los clientes del fluído eléctrico no paguen el servicio con arreglo a un sinnúmero de delitos que no vienen al caso exponer en tan breve espacio. Si todos los consumidores de luz en el territorio operado por LyF pagaran el servicio, las universidades no hubieran visto reducidos sus presupuestos ni se habría castigado a otros renglones prioritarios de la economía nacional.
Si usted está de acuerdo con la democratización sindical; si usted está de acuerdo con retirar de la garganta de la nación a esta gigantesca sanguijuela eléctrica que devora los ahorros de todos los mexicanos; si usted desea pagar un precio razonable de sus consumos eléctricos y está conforme con la erradicación de los sindicatos oficiales que tienen secuestrado al país, entonces debe dar su voto tan favorable como estentóreo para apoyar la liquidación de LyF, en donde 65 mil empleados cuentan con privilegios desconocidos para 107 millones de mexicanos.
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Por: Francisco Martín Moreno
Democratizar a los sindicatos oficiales podría parecer una tarea farónica de imposible ejecución. Puede ser que lo sea, sin embargo, la hoja de ruta a seguir, si bien puede implicar severos desafíos, también es cierto que, a través de la política, se podrían alcanzar los objetivos en el muy corto plazo.
Uno de los pilares en que se apoyó la “dictadura perfecta” para impedir la alternancia del poder en nuestro país durante 70 años, sin duda alguna, se encuentra en los sindicatos oficiales creados con la idea de aglutinar a la inmensa mayoría de la clase trabajadora en el puño de la mano del presidente priísta en turno. La labor más importante, entre otras, de los llamados líderes “charros”, consistía en sumar la mayor cantidad de sindicatos privados a sus gigantescas centrales obreras, desde la que ejercían un control férreo en el sector obrero. Es evidente que Luis Napoleón Morones, el brazo armado de Elías Calles, heredó esta escuela sindical a través de la famosa CROM, cuyas siglas significaban, según el populacho: Cómo Robó Oro Morones… La historia no es nueva. Si algún despistado se negaba a formar parte de dichos sindicatos, simplemente desaparecía de los escenarios laborales o bien, aparecía con un tiro de 45 en el centro de la frente. ¿Quién se iba a negar?
Sólo que quien aglutinaba a las fuerzas obreras para el PNR y después para el PRI, exigía a cambio curules en el Congreso de la Unión, puestos clave en el gobierno federal o en las entidades federativas, acceso a concesiones oficiales de toda naturaleza o hasta la facilidad de disponer impúnemente del tesoro público, con tal de que las negociaciones de los contratos colectivos de trabajo se llevaran a cabo en un ambiente de paz, sin marchas obreras ni huelgas ni peticiones absurdas que pudieran “lesionar la economía nacional.” Se embotelló entonces a la fuerza obrera del país al estilo decantado de Morones. Su alumno más destacado fue Fidel Velázquez, quien logró reunir a 3 millones de trabajadores en su CTM, organización dictatorial e intolerante, un auténtico motivo de orgullo para las causas priístas más retardatarias.
Los líderes petroleros, los de maestros, los electricistas, los burócratas, en los que cabían los médicos al servicio del Estado, vendieron caro su favor. Aprovecharon su imposición a sangre y fuego en el cargo para enriquecerse, claro está, además de exigir escandalosos privilegios para ganarse la admiración y el respeto de las bases de sus respectivos sindicatos, prestaciones injustificadas que pagaría finalmente el dolorido pueblo de México, consolidando así el poder de esa cáfila de bandidos que formaban parte vital de la familia revolucionaria.
En lugar de que los trabajadores del gobierno o de empresas privadas pagaran voluntariamente sus cuotas sindicales a las respectivas tesorerías de sus organizaciones, se estableció en la ley la obligación de que los patrones retuvieran dichas cuotas para ser enteradas al sindicato. De esta suerte se centralizaron y se canalizaron enormes cantidades de dinero a los sindicatos oficiales, cuyos dirigentes recibían cheques mensuales multimillonarios, cuyo destino escapaba y escapa a, control y al escrutinio de las masas obreras. ¿A dónde van a dar finalmente las cuotas mensuales de más un millón de maestros de la SEP o las de los empleados de PEMEX o las de CFE o las del IMSS? ¿Quién audita o se atreve a auditar a dichos sindicatos o a sus líderes? ¿El fisco? ¡Ja! ¿Organizaciones autónomas de trabajadores? Otro ¡Ja…!
La solución para democratizar a los sindicatos oficiales se encuentra en la derogación de las disposiciones que obligan al patrón, léase el gobierno, a retener las cuotas sindicales a cargo de los trabajadores. Divide y vencerás. Si cada maestro, electricista, médico o petrolero pudiera decidir a qué organización entregar su cuota, exigiría más transparencia en el manejo de sus recursos, demandaría legitimidad en sus representantes, participaría con más eficiencia hasta como integrante de las planillas, influiría en los óganos de vigilancia, pero sobre todo: al privar a los líderes charros de sus cheques mensuales multi millonarios se desmantelará la base de su poder. En síntesis: para diluir y atomizar a los sindicatos públicos se debe lograr que sus agremiados paguen voluntariamente sus cuotas a los líderes que ellos hubieran escogido libremente… Es la hora de la democracia, ¿no…? Hagamos la prueba…
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