Una heroína ignorada
Por: Francisco Martín Moreno
A Germán Dehesa, mi hermano.
Nada decimos de ella. Nada. Nunca nadie, desde el nacimiento de la primera golondrina, ha venido a aliviarla de su pesada carga ni se ha apiadado de su condición ni se ha condolido ni compadecido de ella ni aquilatado su labor como soporte de este país. Nunca nadie. Nadie le ha dispensado la menor compasión. Otra vez nadie. Todos nos quejamos a lo largo de la procesión pero nadie se compadece de quién carga y arrastra la cruz sin proferir lamento alguno. ¿Quién…?
Una línea de enormes cruces de madera hacían un horizonte negro de lamentos. Por cada grupo de cinco había por lo menos una cruz cada cual más pesada que la otra. Todos sufrían por lo visto la misma pena y vociferaban mientras desfilaban lentamente en busca de consuelo y resignación para su dolor. Actuar nunca representó por lo visto una alternativa viable. Las esperanzas se cifraban en las oraciones como vía de solución secular de nuestros conflictos. O recurríamos al rosario enrollado entre los dedos de las manos crispadas o echábamos un lazo sobre la rama de un ahuehuete para tratar de dirimir nuestras diferencias…
De pronto, en una esquina, el viento descubrió insolentemente el rostro de uno de los millones de penitentes. Nadie pudo ocultar su vergüenza ni su sorpresa cuando el rostro de una mujer surgió repentinamente del viejo capirote de manta blanca. Cargaba la más pesada de las cruces sin dar muestras de fatiga en tanto repetía una y otra vez las plegarias monocordes con fortaleza mecánica. Tenía el rostro cubierto por el polvo del camino. Al descubrirla todos corrieron a socorrerla, a confortarla, a ayudarla mientras el viento rabioso y justiciero descubría una a una todas las capuchas de la procesión, en particular las de quienes cargaban las cruces de los infiernos.
Todas eran mujeres, todas. Todas tenían el rostro descarnado. Todas estaban, por lo visto, dispuestas a cargar la cruz hasta la eternidad. A ninguna le faltaba el aliento ni mostraba signos de desesperación. Todavía sonrieron tan pronto constataron la presencia de los suyos. Vamos, vamos, no es hora de perdones ni de arrepentimientos ni mucho menos de descansar. No es hora de buscar culpables. Nunca la ha sido. Caminemos. ¡Tú!, camina rumbo al sol con la frente en alto: no es momento de gimoteos ni de desmayos, parecían decir con su actitud.. ¡Tú!, sí, tú, ese con la cara pálida, señalaban a uno a punto de desplomarse: nadie puede desmayarse; no, nunca nadie puede ni debe hacerlo… Acariciaban con la palabra, con la mirada y con las manos agrietadas y endurecidas.
Nadie se había percatado, pero en la gigantesca procesión destacaban las mujeres, mujeres mexicanas humildes, mujeres de escasos recursos que estiraban el dinero para poder alimentar a una numerosa familia y todavía ayudar a la hermana, a la madre, a la hija o a la comadre igualmente necesitadas. Se trataba de la misma mujer que antes cargaba la carabina y curaba a los heridos sobre la marcha, a la Adelita, a nuestra Adelita, la misma que hoy hace el milagro de los frijoles. No faltaban cuando alguien perdía el empleo, no faltaron cuando el marido o compañero traía a la casa a los mismos convidados de siempre después de las agónicas borracheras nocturnas que usualmente eran rematadas con una violación o con una despiadada paliza. Sin embargo, y a pesar de todo, ahí estaban los hijos con la cara limpia y el cuello blanco impoluto listos para ir a la escuela con un beso tierno en el rostro. Hijos de ella o de su concubino, de una hermana difunta o casquivana, pero a todos los levanta, educa, alimenta, aconseja, anima y ayuda, sacando fuerzas de sus flaquezas aun cuando ella misma tenga que meter la cabeza en las aguas o tal vez en las heces. Ella lavará la ropa ajena, zurcirá, cocinará, coserá a la luz parpadeante de la miserable buhardilla propiedad de algún agiotista o al amparo de un triste foco, sentada, en el mejor de los casos, en una silla de palo, mientras todos descansan en la atmósfera irrespirable de la promiscuidad nocturna. Y todavía tiene que saciar los apetitos de hombre de su concubino porque el otro la abandonó con cinco hijos y los que Dios hubiera querido enviarle según la sentencia inapelable del cura del pueblo.
Ellas no se quejan de los fraudes electorales ni protestan ni se pronuncian en contra de la corrupción, ni sabe de la siniestra caterva de incapaces en el gobierno y sus yo no fui, lo juro, yo no fui que nos sepultaron en el atraso… Ellas no se lamentan de la carestía ni saben siquiera de la existencia del TLC ni condenan ni señalan ni critican ni argumentan ni se defienden ni protestan ni aducen, por contra siempre tienen un plato, una cuchara y techo para sea quien sea que llegue a la hora que llegue, en las condiciones que llegue y con quien llegue. Su rostro impertérrito refleja un estoicismo que se pierde en la noche de los tiempos. Ella es la verdadera forjadora de la familia y la liga de unión entre todos nosotros. Ella sostiene al país, lo ha sostenido siempre y ha impedido con su conducta, esfuerzo y resignación, estallidos sociales que sin su gratificante presencia tal vez hubieran sido inevitables. La generosidad de nuestras mujeres más humildes no tiene límites y dentro de la procesión todavía hay quien se queja y blasfema sin detenerse a comprobar quién carga, en realidad, con todo el peso de la cruz…